Pulsiones

viernes, agosto 24, 2007

Porque eres perfecta III

Mi mano abandona tus nalgas para subir despacio por la piel de tu costado y se detiene comodamente cuando tu pecho izquierdo se sitúa en su interior. Lo acaricio un poco así, cubierto aún, suavemente, dejando que mi mano descubra su firmeza y jugando a recorrer las costuras del sujetador con la yema de mis dedos, que continúan su juego deslizando la costura superior hasta que asoma la aureola de tu pezón y la dejan ahí, justo sobre él, en una leve tortura para mi impaciencia que me vuelve loco. Basta entonces con deslizar mi mano a la parte baja de tu pecho para que se alce levemente, de modo que tu pezón asciende, mientras la tela del sujetador, aprisionada por mi mano, no puede seguirlo, y gracias a ello, se desliza hacia fuera, y ya libre de la presión se alza también un poco más sobre tu piel, como una gloriosa bandera coronando la cima de tu pecho y mis ojos creen no haber visto nunca un espectáculo tan bonito. Así que mi boca desciende para besarlo con cariño, dos pequeños besos en las laderas curvas y luego otro aún más delicado en tu pezón, que va seguido por el tacto caliente y húmedo de mi lengua que sale a saludarlo con un lametón suave, sintiendo como recorre mis papilas gustativas, impregnándome de deseo con su forma y su sabor y tu olor inconfundible llenando mi olfato.

Sin poder resistirlo más deslizo las manos hasta tu espalda y suelto el cierre de tu sujetador, que alzo hasta escapar de tus brazos y arrojarlo lejos, pues ya entre nosotros no pinta nada. Puedo así admirar al fin tus dos pechos a la vez, que junto un poco más con mis manos para sentir todo su volumen y volver a besarlos, a lamerlos, a acariciarlos, incapaz de resistirme más, mientras mi mano izquierda vuelve a descender por tu barriga, y se cuela repentinamente por la tela de tus braguitas, hasta acariciar los labios de tu sexo, sintiendo como ya apareció en ellos la humedad, pero sin intentar explorar aún tu interior, bordeando y esquivando la entrada en cada caricia, para luego subir los dedos lentamente hasta tu clítoris, donde sigo acariciando en movimientos circulares muy lentos, sintiendo como aumenta ligeramente su tamaño. Mis labios dejan entonces tu pecho para besarte apasionadamente una vez más, y luego mi mano se retira de tu sexo y te invito a girar sobre ti misma hasta que tu cuerpo le da la espalda al colchón y yo te libero al fin de tus braguitas, deslizándolas hasta justo por debajo de tus rodillas, restándote un poco de movilidad. Mis ojos se vuelven entonces hacia la belleza de tus nalgas desnudas, a las que alabo con un comentario obsceno y descarado que te arranca una pequeña risa. Tú me miras entonces, ladeando la cabeza hacia atrás y yo te sonrío maliciosamente, pensando que aún no sabes que ha llegado al fin el momento de cumplir la petición que dejaron mis dientes de ser presentados a tus nalgas...

sábado, agosto 18, 2007

Porque eres perfecta II

Sin tomar un respiro de tus besos, mis manos descienden hasta alcanzar el botón de tus vaqueros, que desabrochan suavemente, y luego te bajo la cremallera, muy despacio, y la parte exterior de mis dedos roza sin querer la fina tela de tus braguitas, sobre tu sexo. Pero no las dejo distraerse con esa sensación, y tras finalizar de bajar la cremallera dejo ya sí de besar tus labios, y ayudado por tus caderas, que arqueas levemente, mis manos liberan el pantalón de tu cuerpo deslizándolo hasta el comienzo de tus muslos. Una vez allí vuelves a reposar tus nalgas sobre la cama y yo sigo bajando los pantalones más lentamente, observando como aparecen tus muslos, su piel blanca y suave, sus formas, tan perfectas, perseguidas por la yema de mis dedos, el deleite de sentir que tienes la carne justa, libre de cualquier exceso de grasa pero libres también de la extremada delgadez que en algunos casos se persigue, y tan largas que es una delicia la eternidad que paso descubriéndote hasta alcanzar a ver tus rodillas. Luego descubro tus piernas, igualmente suaves e igualmente perfectas, derrochando juventud, tan hermosas que en los días en que el calor te pide llevar pantalones cortos las miradas se vuelven para observarlas, y yo, que puedo caminar a tu lado, apenas soy capaz nunca de resistirme a mirarlas más de unos minutos seguidos. Te beso ahora por esos muslos, constatando su suavidad, acariciándote a la vez, sintiendo tu calor ligeramente superior al de mi cuerpo y el tacto firme pero carnoso, recorriéndote con mis manos y jugando un poco con acercarme a la parte más cercana a tu sexo, deslizando mi mano también hacia tu costado, y luego continuando hasta que mis dedos se cuelan entre tu piel y la sábana, y hacen suya por un instante la parte baja de tus nalgas que escapa parcialmente a la protección de tu ropa interior.

Me desvisto ahora yo, bastante más deprisa, como avergonzado de que mi desnudez masculina no puede compararse a la belleza de tu sensual cuerpo de mujer, pero tú no opinas lo mismo, y me atraes hacia ti y me acaricias el pecho nada más verme arrojar mi camisa a un costado de la cama, y luego, ya conmigo tumbado a tu lado, tus manos recorren mi espalda, cuya suavidad siempre te ha gustado, y avanzan incluso por debajo de mis vaqueros, un poco largos, y casi gimo de placer al sentir el tacto maravilloso de tus dedos sobre mis nalgas cuando los cuelas por debajo de la tela de mis boxer. Entonces, a la vez que vuelven a sucederse los besos, te imito, acariciando la parte baja de tu espalda y tus nalgas sobre la fina tela de tus braguitas, colándose ligeramente mis dedos bajo ellas cada vez que sienten su paso por cerca de las costuras. Porque tus nalgas, sin ser excesivamente llamativas cuando la ropa las oculta, tu desnudez me ha mostrado que son también maravillosas, tan perfectamente redondeadas, y con esa carne más tierna donde la nalga se une con el muslo, que son una delicia para el tacto y una atracción irresistible para mi boca, para mis dientes, que dejan anotada en mi mente la petición de pasarse por allí más tarde...