Confieso
Ahora que acabo de despertar, y en mi memoria están frescos los recuerdos, quiero que el sueño escape despacio para que tu imagen me acompañe unos minutos más. Porque mis sueños son muchas veces continuación de las citas que no tuvimos tiempo de alargar, o preludio de aquéllas que espero que nos falten por vivir.
Confieso que cuando sueño las despedidas se interrumpen siempre con un beso de no te vayas, ese que en persona no nos damos, porque no puedo resistir llevar mis labios hacia tus labios y, cuando duermo, nunca me dices que no, no hay morales ni cansancios que lo impidan, y parece que tras el beso tenemos todo el tiempo del mundo, para repetirlo, más enérgico, para abrazarte, para acariciarte, ávida mi lengua de tu lengua y mis ojos de tus ojos.
A veces los sueños terminan simplemente así, con ese cariño atrapado entre los dos en un abrazo, en tantos besos, con la dulzura de mi mano en tu pelo y tu mirada en mis ojos, tu mirada en mis labios, y finalmente los dos durmiendo juntos, con mi mano sobre tu cintura, hasta que se hace de día y despierto con una dulce sonrisa en los labios mientras se diluye lentamente el recuerdo de tu contacto y de tu cariño.
Pero confieso también que otras veces el cariño no es tan casto, las caricias no son tan inocentes, y, aunque los besos quizás sean igual de dulces, las manos no se duermen plácidamente en tu cintura cuando al fin la cama aparece en el sueño. Entonces, me desnudo bajo las sábanas sin que se note, sin decirte nada, y cojo tu mano bajo la mía, guíandola hasta mis caderas, deslizándola de allí hasta una de mis nalgas, apretando tus dedos sobre ella, para que sepas que tienes permiso para tocar intensamente. Sin detenerme, dejo que tus dedos resbalen nuevamente hacia delante, a la parte inferior de mi barriga, y desde allí comienzo a bajar tu mano hasta que tus dedos se encuentran con mi sexo, dejando tu mano ya libre para que puedas jugar con él. Y disfruto cuando tu morbo ya está despierto del todo y recorres mi pene en toda su extensión, como estudiándolo, bajando a acariciar mis testículos y volviendo a subir para sentir cómo varía la dureza y la extensión, jugando con el movimiento de la piel que lo recubre.
Sonriendo te beso en la base del cuello, respirando muy cerca de ti, y mi mano se desliza bajo tu camiseta, sorprendida como siempre de la suavidad de tu piel, acariciando tu pecho sobre el sujetador, y deslizándolo luego hacia arriba para poder sentir directamente tus tiernos pechos llenando mi mano.
Riinnnggggg! El despertador suena interrumpiendo el sueño, desvaneciendo tu presencia y dejándome con la agonía de tenerte, con todos los poros de mi piel clamando por ti, con una erección dolorosamente intensa, y mi mente clamando tu nombre, gritándolo a ver si apareces. Porque, cuando eso pasa, necesito que estés a mi lado, necesito olvidarme de todo, y hacer novillos de la vida para hacerte el amor diez veces antes de que vuelva a caer el sol, porque la ansiedad se ha vuelto ya infinita y no puedo pasar más tiempo sin ti.
Confieso que cuando sueño las despedidas se interrumpen siempre con un beso de no te vayas, ese que en persona no nos damos, porque no puedo resistir llevar mis labios hacia tus labios y, cuando duermo, nunca me dices que no, no hay morales ni cansancios que lo impidan, y parece que tras el beso tenemos todo el tiempo del mundo, para repetirlo, más enérgico, para abrazarte, para acariciarte, ávida mi lengua de tu lengua y mis ojos de tus ojos.
A veces los sueños terminan simplemente así, con ese cariño atrapado entre los dos en un abrazo, en tantos besos, con la dulzura de mi mano en tu pelo y tu mirada en mis ojos, tu mirada en mis labios, y finalmente los dos durmiendo juntos, con mi mano sobre tu cintura, hasta que se hace de día y despierto con una dulce sonrisa en los labios mientras se diluye lentamente el recuerdo de tu contacto y de tu cariño.
Pero confieso también que otras veces el cariño no es tan casto, las caricias no son tan inocentes, y, aunque los besos quizás sean igual de dulces, las manos no se duermen plácidamente en tu cintura cuando al fin la cama aparece en el sueño. Entonces, me desnudo bajo las sábanas sin que se note, sin decirte nada, y cojo tu mano bajo la mía, guíandola hasta mis caderas, deslizándola de allí hasta una de mis nalgas, apretando tus dedos sobre ella, para que sepas que tienes permiso para tocar intensamente. Sin detenerme, dejo que tus dedos resbalen nuevamente hacia delante, a la parte inferior de mi barriga, y desde allí comienzo a bajar tu mano hasta que tus dedos se encuentran con mi sexo, dejando tu mano ya libre para que puedas jugar con él. Y disfruto cuando tu morbo ya está despierto del todo y recorres mi pene en toda su extensión, como estudiándolo, bajando a acariciar mis testículos y volviendo a subir para sentir cómo varía la dureza y la extensión, jugando con el movimiento de la piel que lo recubre.
Sonriendo te beso en la base del cuello, respirando muy cerca de ti, y mi mano se desliza bajo tu camiseta, sorprendida como siempre de la suavidad de tu piel, acariciando tu pecho sobre el sujetador, y deslizándolo luego hacia arriba para poder sentir directamente tus tiernos pechos llenando mi mano.
Riinnnggggg! El despertador suena interrumpiendo el sueño, desvaneciendo tu presencia y dejándome con la agonía de tenerte, con todos los poros de mi piel clamando por ti, con una erección dolorosamente intensa, y mi mente clamando tu nombre, gritándolo a ver si apareces. Porque, cuando eso pasa, necesito que estés a mi lado, necesito olvidarme de todo, y hacer novillos de la vida para hacerte el amor diez veces antes de que vuelva a caer el sol, porque la ansiedad se ha vuelto ya infinita y no puedo pasar más tiempo sin ti.

