A una solitaria bailarina
De pie, en un pub cualquiera, mirando al frente, con tu espalda a apenas 4 centímetros de la pared, empieza a sonar la música de una nueva canción, y tu cuerpo, que vibra con ella como la cuerda de una guitarra al ser pulsada, empieza a moverse.
Se nota que te gusta bailar, apenas comienzas la sonrisa enciende tu rostro, empatizas con el ritmo que marca la melodía y parece que desde que naciste estabas hecha para bailar, y que esa genética se ha combinado con la experiencia para llevarte a rozar la perfección. Y es que bailando eres perfecta, porque te mueves brusca y suavemente a la vez, y donde la canción marca un ritmo machacón, tus caderas, sin dejar de transmitir el impacto de esas transiciones rápidas, son capaces de unir las notas con los movimientos sensuales de tu cuerpo, que son como el agua, con su misma suavidad y plasticidad, y la capacidad de pulir las asperezas de las notas más duras. Tu cuerpo es así con la música, fluye con ella, la mezcla con tu sensualidad, y te mueves en movimientos pequeños y cambiantes, atrapando las miradas cuando tus muslos muy pegados rozan entre sí, tu pecho avanza y retrocede, tu camisa se baja y se sube alternativamente, ligeramente, dejando ver un pequeño destello de la piel de tu estómago; y tus nalgas, oscilando, se deslizan a apenas unos milímetros de la pared, compactando el aire, aumentando la temperatura, y nadie puede resistirlo imperturbable pues hasta la roca de la pared, que no está viva, a duras penas aguanta.
El sudor empieza a impregnar tu piel con el transcurrir del baile y algunas gotas se deslizan sinuosas por tu cuello, entrando por tu escote, humedeciendo tu blusa. Y, aunque no se ve, entre tus muslos tan juntos moviéndose al son de la música se intuye que la humedad también ha hecho acto de presencia, y se desliza tu piel como si estuviera lubricada, rozando con tu ropa, y son tan suaves tus movimientos, y tan sensuales, que es como si hicieras el amor con el aire y con las ondas de sonido que llegan a ti, colándose en tu interior, haciendo vibrar tus huesos, excitando tus sentidos. Por fin, cuando la música llega a su término, descansas un momento del esfuerzo, sueltas el aire, y desde lejos parece como el respiro que sigue a tu orgasmo.
Y es que el baile en cierto modo es imitación del sexo, es instrumento de cortejo en miles de especies, y tú que bailas sola en el pub esta vez, está claro que serías... de las mejores amantes.
Se nota que te gusta bailar, apenas comienzas la sonrisa enciende tu rostro, empatizas con el ritmo que marca la melodía y parece que desde que naciste estabas hecha para bailar, y que esa genética se ha combinado con la experiencia para llevarte a rozar la perfección. Y es que bailando eres perfecta, porque te mueves brusca y suavemente a la vez, y donde la canción marca un ritmo machacón, tus caderas, sin dejar de transmitir el impacto de esas transiciones rápidas, son capaces de unir las notas con los movimientos sensuales de tu cuerpo, que son como el agua, con su misma suavidad y plasticidad, y la capacidad de pulir las asperezas de las notas más duras. Tu cuerpo es así con la música, fluye con ella, la mezcla con tu sensualidad, y te mueves en movimientos pequeños y cambiantes, atrapando las miradas cuando tus muslos muy pegados rozan entre sí, tu pecho avanza y retrocede, tu camisa se baja y se sube alternativamente, ligeramente, dejando ver un pequeño destello de la piel de tu estómago; y tus nalgas, oscilando, se deslizan a apenas unos milímetros de la pared, compactando el aire, aumentando la temperatura, y nadie puede resistirlo imperturbable pues hasta la roca de la pared, que no está viva, a duras penas aguanta.
El sudor empieza a impregnar tu piel con el transcurrir del baile y algunas gotas se deslizan sinuosas por tu cuello, entrando por tu escote, humedeciendo tu blusa. Y, aunque no se ve, entre tus muslos tan juntos moviéndose al son de la música se intuye que la humedad también ha hecho acto de presencia, y se desliza tu piel como si estuviera lubricada, rozando con tu ropa, y son tan suaves tus movimientos, y tan sensuales, que es como si hicieras el amor con el aire y con las ondas de sonido que llegan a ti, colándose en tu interior, haciendo vibrar tus huesos, excitando tus sentidos. Por fin, cuando la música llega a su término, descansas un momento del esfuerzo, sueltas el aire, y desde lejos parece como el respiro que sigue a tu orgasmo.
Y es que el baile en cierto modo es imitación del sexo, es instrumento de cortejo en miles de especies, y tú que bailas sola en el pub esta vez, está claro que serías... de las mejores amantes.


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