Pulsiones

martes, diciembre 19, 2006

Cerca de tu piel

Eres muy joven, y tu juventud te envuelve y te rodea con toda la vitalidad y sensualidad que una mujer hermosa puede tener. Tu inocencia, tus rubores, las sonrisas temerosas y las traviesas son un regalo para mis ojos cuando estás cerca, y tu alma apasionada y tu energía luchan con la represión del miedo a lo desconocido o de ese concepto de pecado católico que aún te aprisiona un poco. Y eres como un sueño o un reto, un tesoro esperando a ser descubierto, con tanto potencial y tanta sensibilidad palpitando bajo la suave y delicada línea de tu piel que a veces no puedes casi contenerla y tiemblas, te fallan las piernas o tus mejillas se encienden con la simple y sincera descripción de tu belleza.

Estás tan viva, tan tremendamente viva, que no hace falta pensar siquiera en hacerte el amor para embriagarse con tu presencia, porque es tu piel la mejor piel que puede envolver un cuerpo, apenas castigada por el sol, tan blanca y lisa, tan firme y delicada aún, y tan luminosa cuando apenas un poco de claridad la toca, que sin tener el olfato del protagonista de "El perfume" se puede casi sentir su aroma suave escapando en pequeños hilos, y percebir el calor de la sangre con que la haces bullir de vida. Es maravilloso verla palpitar ligeramente cada vez que los latidos de tu corazón o tu respiración la mueven un poco, y uno se muere de un hambre por comerte que no podría saciarse ni con mil años de ti. Pero tampoco lo intento siquiera, al menos no todavía, y me centro solamente en lo que se siente cuando me encuentro a poca distancia de tu piel, cuando mis dedos se electrizan al hallarse a apenas un par de centímetros de ti, o nos damos ya un abrazo y sólo queda de barrera la fina capa de tela que te abriga, o a veces, en algún pequeño hueco, mis manos, o tan sólo un par de afortunados dedos, se encuentran con la presencia directa de un pedacito de tu cuerpo, y sienten que su tacto es de seda y relámpagos a la vez, transmitiéndome tu calor o tu frío, pidiéndome cerrar los ojos, para que nada distraiga el sentido del tacto, mientras respiro intensamente intentando atrapar el aire que escapa de tu nariz o de tu boca, para apropiarme de él, para sentir tu olor y tu sabor, muriéndome por alcanzar con mis labios tus labios y saciar mi sed de ti en la humedad irresistible de tu boca.

Si pudiera seguir, en este punto haría precisamente eso, acercar mi boca a tu boca, deslizar con dulzura mi labio inferior sobre el tuyo, hasta rebasarlo casi completamente, y luego al terminar el recorrido en el sentido inverso ya besarte, despacio, llevando enseguida mi mano a tu espalda para acariciarte y atraerte más cerca, acrecentando la intensidad de los besos, mirándote a los ojos, amando tu dulzura. Y me callo ya, sin ni siquiera nombrar la perfección de tus piernas, o la forma en que al mostrarlas cruzas una ligeramente sobre la otra por la influencia tímida de tu rubor, o el tamaño perfectamente proporcionado de tus pechos, sin excesos ni carencias, una nota más de maestría en la naturaleza que esculpió tu cuerpo. Porque no quiero hablar de eso aquí, no quiero que se sepa, no quiero decir nada si no lo digo con mis manos durante una batalla de caricias entre tú y yo ;).

sábado, diciembre 09, 2006

Naturaleza cálida

Ahora que el mundo es de los bohemios, o los pijos, y hay que ser diferente para ser especial, yo quiero esconderme en la invisibilidad gris de esos vaqueros azules y una camisa cualquiera, ni antigua ni muy moderna, sin que nada en mí llame la atención que la moda demanda. No quiero ser un músico bohemio ni un convincente filósofo, y a veces ni siquiera quiero hablar, sólo quiero ser el lector que disfruta la lección que se plantea en las curvas minuciosas de las líneas de tu piel. Y quiero que seas como un libro de regalo, del que al principio no sabes el título, hasta que rompes el papel que lo cubre y aparece la portada, la primera impresión de verte, la fuerza de tu mirada y tus labios entreabiertos que mi boca lee como un niño, pues mis labios son los ojos principiantes del lector joven, que se acercan a besarte muy despacio y muy cerca, y mi lengua es ese dedo infantil que se desliza y retoma el hilo cuando me pierdo, una guía en el camino, que siempre tiene la suerte de encontrarse igualmente con tu lengua, que también busca el conocimiento en la página por explorar de mi boca, acelerando el proceso.

Por eso aprendemos rápido, y cuando mi lengua deja tu boca, ya no es el dedo de un niño que ayuda a los ojos a no perderse, sino el agua sabia que recorre el paisaje montañoso de tu pecho, lamiendo tus pezones, dejándolos impregnados de la humedad que hace que el aire suave refresque las cimas de esas cumbres majestuosas, porque eres como Granada en verano. Y si tus pechos son Sierra Nevada, luego cuando la humedad de mi lengua prosigue su camino por tu vientre, el calor aumenta poco a poco hasta llegar a la ciudad y al fuego que es algún pequeño remanso húmedo del Darro, convertido en tu sexo, y en el que sedimenta mi deseo. Y la sedimentación es el proceso lento en que mi lengua juguetea alrededor de esos nuevos labios que allí halla, lamiendo las orillas de esa costa interior, que es el puerto que buscaba sin saberlo. Y entonces, se aventura exploradora en tu interior, y se mueve ondulatoria como si fuera un salmón dispuesto a remontar tu corriente. Va despacio en tus remansos, con apenas leves caricias en que las papilas se empapan de tu sabor y más deprisa en las pendientes de tu excitación, para no quedarse atrás, para no retroceder, hasta alcanzar finalmente las dos o tres fuertes olas que supone tu orgasmo, la llegada a la cima, la calma.

La calma sólo es calma temporal cuando nuestras pasiones se cruzan, y tu cuerpo mojado tras el primer envite resbala turgente y sensual bajo las caricias de mis manos, y ya no hay más naturaleza que nuestros dos cuerpos desnudos en contacto, mi piel contra tu piel, besándote, tus manos recorriendo mi espalda y mis nalgas, la presión cambiante de tu pecho desnudo y tus pezones contra mi pecho, reflejando tu respiración y tu corazón palpitante. Entonces te miro, inhalando la blancura y la irresistible juventud llena de vida de tu piel, y con tu mano corriges el ángulo de mi erección para enseñarle el camino. Despacio - me pides - y combino la suavidad de esos primeros movimientos con la firmeza con la que el deseo nos mantiene firmemente unidos, sin lugar para el aire, y derrochamos energía en cada compás como sólo es posible entre almas que se anhelan, magnificando las sensaciones, incrementando el ritmo, disparando los latidos, hasta que finalmente toda la energía se libera, cuando mi orgasmo sucede al tuyo, y mi marea blanca te llena.