Pulsiones

sábado, junio 10, 2006

En el baño

Me gusta entrar en el baño por la mañana cuando estás desnuda frente al lavabo, y no sientes pudor al verme, y yo me acerco hasta tu espalda y llevo las manos a tu cintura, y giras tu cabeza hacia mí y nos besamos a modo de buenos días, mientras mi mano derecha baja desde tu cintura y acaricia la curva delicada de tus nalgas. Entonces me acerco ya del todo y te abrazo desde atrás, dejando sólo la tela de mi pijama entre tu cuerpo y el mío, con mis brazos rodeándote desde la espalda hasta tus pechos desnudos y relajados tras el despertar, mientras nos miro a través del espejo del lavabo, con mi nariz junto a tu cuello, respirándote, y mis labios besándote suavemente de vez en cuando, mientras contra tus nalgas empieza a notarse la ligera presión de una erección que comienza. Entonces, cogiendo tu mano, te invito a volverte hacia mí, y me quito la camisa del pijama rápidamente, y sonrío, y nos besamos de nuevo, ahora más apasionadamente, devorándonos los labios, mezclando las lenguas, intercambiando sabores, dejando manifestarse el deseo libremente, y siento como tus pechos cálidos se encuentran una y otra vez con mi piel entre beso y beso, al tiempo que mis manos te acarician constantemente la espalda, las nalgas, los muslos, ávidas de ti, deleitándose con cada pequeña variación de tus curvas entre caricia y caricia.

Luego, me separo levemente y dejo que bajes de una sola vez mi pantalón del pijama y los boxers, que empujo hacia atrás con mis pies para quitarlos de en medio, y me gusta cuando aprovechas ese momento de descenso para coger mi pene en tu mano y llevarlo a tu boca, haciendo que se pierda en ella y que aparezca de nuevo, y lo lames desde la base a la punta, recreándote con unos suaves círculos con la punta de tu lengua al llegar al glande, acariciando a la vez con tu mano mis testículos, repitiendo y cambiando tus movimientos una y otra vez.

Pero no es ese el final que más me gusta, así que te hago levantarte y te giro de nuevo de espaldas a mí, abrazando tus pechos con mi mano izquierda, mientras llevo la mano derecha sobre tu sexo, y la deslizo primero despacio por toda su superficie, en caricias leves y espaciadas, separando un poco tus labios, pero sin llegar a entrar dentro de ti, y luego comienzo a masajear tu clítoris, en movimientos verticales y circulares alternativos, guiándome por los cambios de tu respiración hasta encontrar el ritmo adecuado en cada momento, hasta que no puedes más y te corres y siento como tiemblas mientras te sujeto.

Apenas te dejo un instante para recuperarte, y te inclino ligeramente sobre el lavabo, de forma que puedes apoyarte en él y tus pechos caen ligeramente hacia adelante, mostrándose en todo su esplendor a través del espejo, hipnotizando mi mirada, mientras mi mano desliza mi pene por el recorrido de tu vagina, insinuando la entrada en tu interior, que retraso un poco para mantener la tensión, y luego finalmente dejo que entre totalmente en tu interior, y empiezo a moverme despacio, para que tu cuerpo se acostumbre a su presencia, sintiendo la dulce presión de tus músculos sobre él, y luego empiezo a moverme más y más rápido, ayudándome de nuevo con la mano sobre tu clítoris, y mi espalda contra tu espalda, y la mirada fija en el espejo observando tus reacciones hasta que alcanzamos juntos el orgasmo y mi semen se esparce dentro de ti.

miércoles, junio 07, 2006

A dos centímetros de ella / de ti

Hay sonrisas que hablan de ella, y voces, y delicadas pieles blancas, y zapatos de tacón, y piernas que se muestran seguras. Hay labios que saben a ella, pero sólo unos: sus labios, suaves, dulces, moldeados por el contacto continuo con su voz y sus dedos deslizándose sobre ellos alguna que otra vez.

Hay trozos de tela que saben el tacto de sus pechos, y capas, hay capas que la han envuelto y en las que ha quedado impregnado su olor, un olor suave, a dos centímetros de su cuello, un olor suave, cuando se acerca a besarte en la mejilla castamente, y te sonríe amistosa, y no sabe lo que ese olor a dos centímetros de ella produce. Y mi nariz respira profundamente, la respira mientras puede, esos dos segundos escasos antes de que los dos centímetros se hagan cinco, y queda como una soga de aire agarrándose a ella en mi nariz, en un último intento de no perder lo que sólo existe a dos centímetros de su piel, cuando casi puedes acariciarla, donde podrías acariciarla si te dejara, y besar sus labios y soñar con que esos dos centímetros no aumenten nunca, con tus manos en su espalda, en su suave piel, su respiración rítmica sobre tus labios, mezclándose con la tuya, su mirada más dulce encontrándose con tu mirada, con la promesa de no marcharse, y luego otro beso, dado por ella, generoso, un beso que lleva un trocito de su corazón, ese trocito que te brinda y que la hace ya única y no puedes perderla, esta vez no puedes ya perderla.

(En este punto el sueño termina, aunque quizás no siempre sea un sueño, pero si esto fuera una película, en este momento el recuerdo onírico se va, la imagen se funde a negro, y la escena que aparece al volver el color es otra, quizás la que ahora sigue...)

No recuerdo exactamente qué ha pasado, cuando despierto y siento mi cuerpo descansar sobre una cama, sobre mi cama, la misma cama habitualmente vacía, y me asusto un instante al pensar que igual todo fue un sueño, pero al abrir los ojos con miedo, te encuentro tumbada a mi lado, con los ojos cerrados, y sigo con mis ojos la forma de tu cuerpo bajo la sábana, y la promesa de que nada más te cubre se escribe en tu hombro desnudo que asoma levemente.

Al besarte, te despiertas poco a poco, y mi mano te acaricia sobre la sábana, que se desliza despacio hacia abajo, y tu hombro ya no es sólo un hombro cuando empiezan a asomar tus brazos y la parte superior de tu pecho, donde se dibuja lentamente la forma pequeña pero hermosa de tus pechos. Entonces, mi mano sobre la sábana sube de nuevo hacia arriba, mientras se repiten los besos, y busca ese camino nuevo que la sábana ya no oculta, acariciando tus pechitos, mientras mi boca desciende por tu cuello y se dirige también hacia ellos, para besarlos, para quererlos, para amarlos. Y al mirarte sonrío, y sigo bajando con los besos, quitando la sábana al mismo tiempo, haciendo un puente de besos entre tus pechos y tu cintura, perdiéndome en tu ombligo, donde mi lengua se asoma a curiosear, haciéndote cosquillas, y mi mano se sube a tus caderas por un costado, siguiendo la línea de tus muslos, y desciende desde allí bordeando tu pubis hasta alcanzar la cara interna de tus muslos, al tiempo que mi boca se desplaza rápidamente y se llena de uno de tus pechos, y mi mano entre tus piernas sube un poco y se moja con la humedad de tu sexo...