Pulsiones

sábado, diciembre 31, 2005

Colaboración de bathgirl

Una buena amiga me manda la siguiente colaboración:
Después de la conversación quedaron ganas de más, pero eso no era posible. Al colgar el teléfono, la bañera estaba a punto: unas perlas de baño para perfumar el ambiente y unos recuerdos para ablandar el corazón. El calor del agua hace estremecer mi cuerpo, me encanta estar sumergida, y dejo volar mi imaginación.

Sin darme cuenta mis manos acarician mi cuerpo, aún no hay jabón en el agua, ni aceites que hagan resbalar las caricias como otras veces, pero esas manos cobran vida solas incitadas por el recuerdo de un susurro. El fuego que desprende mi cuerpo hace que el calor del agua se disipe en mi piel, pero no importa. Mis dedos juegan entre las piernas y hay algo que reacciona a la fricción. Los labios aprisionan el dedo corazón, ése que justamente pasaba por ahí en ese momento. Y la otra mano va en su ayuda, pero se siente atraida y abandona el rescate. Ambas manos, con todos sus dedos, buscan un solo objetivo, el movimiento se incrementa, aumenta la presión, el contacto, y entonces llega la paz, el relax.

Sigo bajo el agua, disfrutando de ese pequeño placer que nos depara la cotidianidad, observando cómo ha bajado un poco el nivel y deja desprotegidos mis pechos erectos. Sumerjo la cabeza y escucho el silencio bajo el agua. Me quedo un rato quieta, inmóvil, volviendo a pensar y recordar. Me lavo el pelo, el olor del champú es agradable, pero ya estoy pensando en el gel de baño. Enjuago y doy mascarilla, notando la suavidad bajo mis dedos. El coco, sólo pensar en el gel me excito, ese olor por sí sólo es estimulante, siempre tengo que hacer esfuerzos para no masturbarme cada vez que acaricia mi piel, pero esta vez no me resisto.

Empiezo a enjabonar mi pecho y mi abdomen, como siempre, y decido desprender el tapón de la bañera, ya me sobra el agua. Sigo por los pies, y después las piernas y me detengo, me recreo en la cara interna de los muslos. Quiero más. Impregno nuevamente mis manos de jabón, el olor a coco me vuelve loca, el escaso bello que cubre mi pubis se oculta tras la espuma, no me resisto al deseo y vuelvo a la carga. La agradable sensación del jabón incrementa mis sensaciones, ya de por sí disparadas por ese aroma y esos recuerdos. Y nuevamente ocurre, es diferente, pero vuelve la paz, el relax. Tengo frío.

La huída del agua por el desagüe me hace temblar. Abro el grifo y voy mojando cada centímetro de mi piel, durante un rato el agua resbala por mi espalda, por el cuello, por el pelo, y pienso, estoy lejos. Absorta e inconscientemente cambio el chorro de lugar, sólo hay una parte de mi cuerpo que sigue cubierta de espuma, algo habrá que hacer. El calor del agua en mi pubis me recuerda las experiencias que acabo de vivir, resucita el deseo, pero es tarde, llevo más de tres cuartos de hora en el baño, y la piel de mis dedos delata ese tiempo. No quiero coger frío. Me envuelvo en la toalla, me calzo las zapatillas y voy a la habitación. Estoy helada, demasiado contraste. Me escondo bajo el edredón y necesito volver a escuchar tu voz. Marco tu número.

- escrito por bathgirl

Jo, qué morbo, quien la acompañara en ese baño o en esa llamada... De momento parece que sólo ha sido una colaboración puntual, pero a ver si consigo animarla para que haga alguna más de vez en cuando :). Aunque la verdad, bathgirl, más que eso me gustaría quizás... que me dejaras a mí la parte del enjabonado... jejeje ;).

jueves, diciembre 22, 2005

¿Sólo amigos?

Hemos llegado a entendernos casi sin palabras, y parece, en ocasiones, que podemos leernos la mente, y se anticipan las respuestas a las preguntas, porque éstas sin decirse ya se saben. Nos entendemos con la experiencia de mil charlas sin secretos ni tabúes, y se forma, sin remedio, ese cariño tonto que crea la comprensión.

Pero cuando una conversación de las nuestras se acaba, y la complicidad alcanza el límite en que el silencio es expresivo, sin quedar en el tintero más que una enorme sonrisa, a veces, no me basta, y la distancia se hace infinita en cada milímetro que nos separa del contacto.

En esos momentos se forma una ansiedad difusa, una angustia callada, una pulsión explosiva, que sólo puede calmarse si hacemos un solo cuerpo juntando el tuyo y el mío. Y da igual, en ese instante, si a ti te sobran 2 kilos o si a mí me faltan 3, porque el deseo profundo no entiende de nimiedades, y cuando te abrazo y mis manos se deslizan por tu cuerpo, la ropa, sin duda, siente que está fuera de lugar.

Mis manos te ayudan a desnudarte sin perder tiempo, y me liberan las tuyas de esas cadenas que forman poliester y algodón. Te beso entonces como llenándome de ti y bebiendo esa sonrisa que dejamos en el aire, y dejo escapar el cariño por las yemas de mis dedos, y mis manos inquietas se encargan de esparcirlo por tu cuerpo con caricias que a su vez van cargadas de lujuria. Porque hoy que la simbiosis que formamos es tan fuerte, es absurdo el límite corporal, y quiero forjar la unión comiéndote sin parar labios, pecho, culo y sexo, y tan sólo descansar para recargar impulsos y volverte a devorar. Y si tú también lo sientes, y estás dispuesta a arriesgar, derecho a roce te ofrezco, por si lo quieres tomar.

jueves, diciembre 15, 2005

Volver

Recuerdo muchas veces la despedida junto a tu casa, aquél día en que el azar quiso que una salida de grupo se convirtiera en sólo un tú y yo. La conversación por el camino, tan agradable, y el adiós prolongado entre sonrisas bobas. Y en aquel momento no quería nada más, me conformaba con la velada y tu amistad y ni siquiera pensé en otra opción de esas que desechaba siempre, seguramente por saber que tienes novio y por miedo a perderte.

Pero ahora que vas a regresar, pienso mucho en volver a ese momento, y no dejarlo todo en una alegre despedida, y ya que al pensar no arriesgo nada, taparía la sonrisa de tus labios con un beso y luego al mirarte buscaría en tus ojos un deseo de repetirlo tras la sorpresa inicial y volvería a besarte una y otra vez acallando tus palabras, hasta que las protestas más rebeldes se apuntaran al paso al frente de tu mirada.

Y luego, subir a tu piso, aspirando el olor de tu pelo mientras abres la puerta, con mi respiración agitada sobre tu cuello, empujar la puerta para que se cierre sin volvernos a mirar si realmente es así, mientras seguimos a sentarnos en el borde de tu cama y en una breve pausa miro tus bellos ojos y te pregunto si estás segura. Y me besas. Y mis besos de respuesta conducen poco a poco tu cuerpo sobre el colchón y un dulce beso en el cuello me sirve para alcanzar el borde de tu camisa y ayudarte a quitártela. Sonrío al observar tu pecho bajo el sostén y decirte qué hermosos son los dos prisioneros que oculta, mientras los libero deslizando mis manos tras tu espalda y soltando el cierre. Y sonrío de nuevo y los beso una y otra vez alrededor de la aureola del pezón, turnándome por pura indecisión a partes iguales en cada uno. Luego me quito rápidamente mi camisa y vuelvo a besarte dejando que mi pecho se junte con el tuyo mientras mi mano hace lo que puede por empujar hacia abajo tus pantalones y tus braguitas y acariciar tus muslos, tus nalgas y tu sexo, asomando ligeramente algún dedo a su interior. Retrocedo entonces un poco, al tiempo que termino de desnudarte y hundo mi cabeza entre tus piernas, tras morder suavemente con mis labios la cara interna de tus muslos, incapaz de resistirme a ese antojo repentino, y aspiro tu olor como si el hambre se saciara con el olfato, o quizás porque eso incrementa mi apetito y mi deseo, y mi lengua se dirige ya sin dudas a lamerte e indagar tus sensaciones hasta que tu cuerpo se arquea con un primer orgasmo que prolongo cuánto puedo acelerando el ritmo.

Y mi imaginación inevitablemente sigue adelante en este punto, en diferentes opciones según el día, pero quizás no valga la pena contarlo hasta el día en que tú, si quieres, te acerques a escribir juntos un final...

miércoles, diciembre 14, 2005

Compañera

Medio año de dudas de amor en silencio al conocerte, tu indiferencia, unos meses de tristeza, algunas semanas de odio y luego el vacío de una larga separación. Y ahora, al volver a encontrarte, pasan por mi memoria los pensamientos, los recuerdos, las ilusiones y fantasías de aquellos días. Pero he cambiado, no soy el mismo, mi timidez contigo es menor, y busco, indago de nuevo, en mi interior y en el tuyo, a ver, en mi caso, qué es lo que queda, y, en el tuyo, si algo ha cambiado.

Tú pareces casi igual, inaccesible en tu vida ya construida, con el mismo irresistible encanto de chica sociable por naturaleza, y esa feminidad que te vuelve mucho más hermosa de lo que tú te concedes.

El contexto, también, es casi el mismo. Cambian, si acaso, los muebles de sitio aquí y allá, y un poco los horarios compartidos, pero poca cosa más.

Yo, en cambio, sí he cambiado, o quizás en mí percibo el cambio más. He perdido un poco de inocencia aquí y allá, y no tiemblo como antes al oír tu voz, y me atrevo incluso a fastidiarte con las réplicas que me pones siempre tan a mano.

Pero nunca te enfadas al vacilar contigo, y sigues teniendo ese caracter tan magnético y los mismos ojos grandes, y yo sigo siendo vulnerable a todo ello, aunque también mantengas ese desdén o inaccesibilidad que muestras a veces, y que es a la vez una pega y un reto, ahora que el deseo predomina en mi percepción de ti, aunque sea inalcanzable salvo en sueños.

Y soñar, soñar sin saber por qué, que despierto y te encuentro en mi cama, dormida sobre mi hombro y rodeada con mi brazo. Besarte en la frente y sentir que despiertas, me miras y sonríes y levantas tu cabeza, y nuestros labios se unen por primera vez. Deslizo entonces, probando los límites de mi fortuna, mi mano lentamente bajo el pantalón de tu pijama y tus braguitas, recorriendo tus nalgas, como siempre quise hacer desde las primeras veces que te pusiste de puntillas para alcanzar algo o que tus siempre ajustados pantalones marcaron esas formas perfectas cubiertas por unas braguitas siempre insuficientes. Aprieto una de tus nalgas entre mi mano, con la impaciencia del triunfo finalmente alcanzado, y la retiro despacio dejando que mi dedo roce suavemente la zona divisoria de tus nalgas. Luego, me incorporo y te atraigo hacia donde yo estaba, con tu espalda sobre el colchón y sonrío al mirarte, y saber que esta vez las barreras al fin se han roto y no volverán. Te beso nuevamente los labios y bajando mi cabeza hasta tu vientre, empiezo a subir tu camisa lentamente, besándote junto al ombligo. Y justo cuando mi mirada se topa ávida con el inicio de tu sostén, suena el despertador y vuelve la realidad de tu ausencia y mi falta de opciones...