Compañera
Medio año de dudas de amor en silencio al conocerte, tu indiferencia, unos meses de tristeza, algunas semanas de odio y luego el vacío de una larga separación. Y ahora, al volver a encontrarte, pasan por mi memoria los pensamientos, los recuerdos, las ilusiones y fantasías de aquellos días. Pero he cambiado, no soy el mismo, mi timidez contigo es menor, y busco, indago de nuevo, en mi interior y en el tuyo, a ver, en mi caso, qué es lo que queda, y, en el tuyo, si algo ha cambiado.
Tú pareces casi igual, inaccesible en tu vida ya construida, con el mismo irresistible encanto de chica sociable por naturaleza, y esa feminidad que te vuelve mucho más hermosa de lo que tú te concedes.
El contexto, también, es casi el mismo. Cambian, si acaso, los muebles de sitio aquí y allá, y un poco los horarios compartidos, pero poca cosa más.
Yo, en cambio, sí he cambiado, o quizás en mí percibo el cambio más. He perdido un poco de inocencia aquí y allá, y no tiemblo como antes al oír tu voz, y me atrevo incluso a fastidiarte con las réplicas que me pones siempre tan a mano.
Pero nunca te enfadas al vacilar contigo, y sigues teniendo ese caracter tan magnético y los mismos ojos grandes, y yo sigo siendo vulnerable a todo ello, aunque también mantengas ese desdén o inaccesibilidad que muestras a veces, y que es a la vez una pega y un reto, ahora que el deseo predomina en mi percepción de ti, aunque sea inalcanzable salvo en sueños.
Y soñar, soñar sin saber por qué, que despierto y te encuentro en mi cama, dormida sobre mi hombro y rodeada con mi brazo. Besarte en la frente y sentir que despiertas, me miras y sonríes y levantas tu cabeza, y nuestros labios se unen por primera vez. Deslizo entonces, probando los límites de mi fortuna, mi mano lentamente bajo el pantalón de tu pijama y tus braguitas, recorriendo tus nalgas, como siempre quise hacer desde las primeras veces que te pusiste de puntillas para alcanzar algo o que tus siempre ajustados pantalones marcaron esas formas perfectas cubiertas por unas braguitas siempre insuficientes. Aprieto una de tus nalgas entre mi mano, con la impaciencia del triunfo finalmente alcanzado, y la retiro despacio dejando que mi dedo roce suavemente la zona divisoria de tus nalgas. Luego, me incorporo y te atraigo hacia donde yo estaba, con tu espalda sobre el colchón y sonrío al mirarte, y saber que esta vez las barreras al fin se han roto y no volverán. Te beso nuevamente los labios y bajando mi cabeza hasta tu vientre, empiezo a subir tu camisa lentamente, besándote junto al ombligo. Y justo cuando mi mirada se topa ávida con el inicio de tu sostén, suena el despertador y vuelve la realidad de tu ausencia y mi falta de opciones...
Tú pareces casi igual, inaccesible en tu vida ya construida, con el mismo irresistible encanto de chica sociable por naturaleza, y esa feminidad que te vuelve mucho más hermosa de lo que tú te concedes.
El contexto, también, es casi el mismo. Cambian, si acaso, los muebles de sitio aquí y allá, y un poco los horarios compartidos, pero poca cosa más.
Yo, en cambio, sí he cambiado, o quizás en mí percibo el cambio más. He perdido un poco de inocencia aquí y allá, y no tiemblo como antes al oír tu voz, y me atrevo incluso a fastidiarte con las réplicas que me pones siempre tan a mano.
Pero nunca te enfadas al vacilar contigo, y sigues teniendo ese caracter tan magnético y los mismos ojos grandes, y yo sigo siendo vulnerable a todo ello, aunque también mantengas ese desdén o inaccesibilidad que muestras a veces, y que es a la vez una pega y un reto, ahora que el deseo predomina en mi percepción de ti, aunque sea inalcanzable salvo en sueños.
Y soñar, soñar sin saber por qué, que despierto y te encuentro en mi cama, dormida sobre mi hombro y rodeada con mi brazo. Besarte en la frente y sentir que despiertas, me miras y sonríes y levantas tu cabeza, y nuestros labios se unen por primera vez. Deslizo entonces, probando los límites de mi fortuna, mi mano lentamente bajo el pantalón de tu pijama y tus braguitas, recorriendo tus nalgas, como siempre quise hacer desde las primeras veces que te pusiste de puntillas para alcanzar algo o que tus siempre ajustados pantalones marcaron esas formas perfectas cubiertas por unas braguitas siempre insuficientes. Aprieto una de tus nalgas entre mi mano, con la impaciencia del triunfo finalmente alcanzado, y la retiro despacio dejando que mi dedo roce suavemente la zona divisoria de tus nalgas. Luego, me incorporo y te atraigo hacia donde yo estaba, con tu espalda sobre el colchón y sonrío al mirarte, y saber que esta vez las barreras al fin se han roto y no volverán. Te beso nuevamente los labios y bajando mi cabeza hasta tu vientre, empiezo a subir tu camisa lentamente, besándote junto al ombligo. Y justo cuando mi mirada se topa ávida con el inicio de tu sostén, suena el despertador y vuelve la realidad de tu ausencia y mi falta de opciones...


2 comentarios:
Me ha encantado este primer post, te auguro muchos lector@s a poco que conozcan este sitio. :*
De
Quien tú ya sabes, A las
16/12/05 23:49
De momento creo que no es muy conocido o visitado, pero bueno, ojalá tengas razón :)
De
LoverBit, A las
15/1/06 14:33
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